Grano de arena
A grain of sand on the beach.
Aún recuerdo el olor a aceite de las Ruffles sabor jamón. Bueno eso es mentira. Le llamaban Ruffles pero eran del Mercadona. A mi poco me importaba. Total, la sensación a grasa era la misma. Pero me hacía gracia dividir el mundo en dos, dependiendo de cómo una familia hablaba de las patatas. "Niña las Ruffles! Que son pa todos, agonía" Luego estaban las otras familias, las que bajaban un poco la mirada cuando pedían que le pasasen las Ruffles, como si el hecho de que en realidad fuesen marca blanca fuese un secreto de familia innombrable. "¿Sabías que el abuelo tenía un hermano al que pillaron con los pantalones bajados en los urinales del cine del pueblo?", ¿Sabes que las patatas de jamón que compramos no son Ruffles de verdad? Yo sólo sé que no había manera de pegarse a la bolsa. Uno vivía a merced de cómo la zarandeaban al pasarla, mano a mano desde el abuelo al nieto.
Pero bueno, me centro. Mi experiencia como grano de arena en la playa de Torre del Mar es fruto de las estaciones y la Historia, con H grande. Por mi zona de la playa no había edificios hasta los años 60. A lo lejos veía lo que era entonces el pueblo: una masa de casitas de pescadores blancas rodeando un paseo principal que desembocaba en la playa. Ese paseo estaba rodeado de robles, palmeras, y árboles plataneros. Los árboles plataneros nos traían mucha vida a la comunidad de granos de arena. Un zapato que aplastaba uno de esos plátanos diminutos, amargos, traía comida para al menos 100 hormigas y un gorrión, una vez que el viandante llegaba a la playa.
Poco a poco esas casas las fueron derribando, al igual que las mansiones que colindaban con el paseo. Tiraron abajo hasta la iglesia antigua del pueblo para construir una nueva más grande, lo que resultó en unos añadidos muy distinguidos, leídos y píos para la comunidad arenil de la playa, una vez completada la demolición.
Fue la construcción de edificios nuevos lo que trajo la época dorada de nuestro imperio. La playa se empezaba a llenar cada junio y no aflojaba hasta octubre. El día empezaba siempre con tortura. Una familia de Benamocarra le echaba una carrera a la de Madrid que había bajado hasta Torre del Mar a pasar el mes. La de Madrid hacía como que no se enteraba de que estaba en una carrera a muerte por plantar la sombrilla en primera línea de playa. Corría de extranjis, como los olímpicos esos que tienen que correr sin levantar más de un pie del suelo. A la familia de Benamocarra no le consumía tales preocupaciones. La familia de Benamocarra corría a primera línea como un cruzado desembarcando en tierra santa.
Una vez descargaban empezaba la tortura. ¡Pam! Palo de sombrilla. ¡Pam! Crema solar. ¡Pam! Cerveza cayendo de la lata. Me quejo un poco por viejo, claro. A mi edad uno espera convertirse pronto en polvo y dejar que el viento le enseñe un poco de mundo. Benajarafe, Rincón de la Victoria. Soñábamos con Málaga y Marbella, pero sabíamos que no teníamos el perfil de arena que requieren en tales lugares de postín. Allí la arena es un poco más blanca, un poco más suave. Nosotros éramos arena de torturarte el culete, no de acabar en un loft por accidente, tan inconspicua era la harina dorada que se te quedaba pegada al talón.
Digo que me quejo por viejo porque en realidad echo de menos esos tiempos. Ya no huele a Ruffles. No es porque no venga gente, que viene. Pero los grupos son cada vez más pequeños. Siempre ha habido espíritus independientes que venían solos a leer. Nosotros nos esforzábamos porque siempre se sintiesen bienvenidos, claro. Nos acoplábamos a las gafas, a la redecilla del bañador, a la cubierta del libro y, por supuesto, saltábamos a lo más profundo de las mochilas para que el lector recordase su momento de lectura y el hecho de que la arena también tiene piernas. No, lo que me entristece es que ya no hay Ruffles, ni bocadillos de patatas. Ya no hay tiendas de campaña, porches móviles ni sombrillas patrocinadas por Frigopié. A mi me tratan mejor, ojo. Empiezo el día con un masaje de una apisonadora que nos pone a todos en línea y bien bonitos para las primeras toallas. Nos limpian más a menudo, las gaviotas nos molestan menos, ya no hay restos de plátano aplastado. Pero tampoco hay madres gritando a los niños por meterse en el agua solamente una hora y cincuenta minutos después de empezar la digestión.
No sé, ignoradme. No creo que sea la edad, ni la Historia. Creo que lo que pasa es que se acerca el otoño. Es muy raro ser un animal de playa, como quien dice, cuando se van los turistas. En este pueblo pasa muy poco en el invierno, y yo nunca he conseguido colarme en una casa cuando hace frío-frío. ¿Seguirán las madres gritando a los niños por pesados? ¿Seguirán los abuelos hablando de los madrileños domingueros que compraban el pescado menos fresco?